Electroshow
Resonando todavía en nuestros espantados oídos los ecos del affaire del imán de Fuengirola, quien poniéndose por montera todas esas pamemas de la no violencia de género, la igualdad hombre-mujer, el amor, el respeto y el diálogo en la pareja, et, etc, etc, se dejó caer recientemente con la genialidad de un libro en el que enseñaba a sus fieles la conveniencia de pegar a las mujeres y cómo, dónde y con qué hacerlo para no dejar señales, aparece ahora en los medios la noticia del libro Técnicas de Modificación de Conducta, escrito -y utilizado en sus clases- por dos profesores de Psicología de la Universidad de Murcia, en el que proponen como terapia para tratar lo que ellos llaman el problema de la homosexualidad la aplicación de descargas eléctricas, es decir, lo que en los antiguos manicomios se llamaba electroshock.
(A uno, esto, le recuerda, y le remite, y le retrotrae a cuando hace algunos años se afeaba, se reprendía y se prohibía a los niños el uso de la mano izquierda, habiendo incluso quien relacionaba el uso de esta mano con el demonio y quien la ataba a la espalda para obligar al niño a usar la derecha. Así mismo, me trae a la memoria aquella frase de Bernarda Alba cuando pedía para una pecadora: ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado! Sólo que, en este caso, no se trata de carbón sino de algo más moderno, voltios, y no sabemos si la terapia se llevará a efecto aplicando las descargas eléctricas en el sitio del pecado o en otra parte del cuerpo.)
También proponen estos dos profesores la administración de pastillas que provoquen náuseas para tratar problemas de orientación sexual, como la citada homosexualidad, la pedofilia, el masoquismo o el sadismo.
Lo del imán de Fuengirola -que a pesar de ser imán, a un servidor le atrae muy poco, todo lo contrario- lo entiendo. Porque un imán es un líder religioso, y ya se sabe que el reino de la Iglesia y sus ministros no es de este mundo. Sea cual sea la Iglesia, pero, actualmente, más la de ellos, que cortan clítoris como aquí cortamos frenillos y ajustician a las adúlteras semienterradas y a pedradas. (Un recuerdo entrañable aquí para Amina y Safiya.) Digo que, lo del imán, lo entiendo. Pero lo de estos dos profesores de Psicología no me cuadra por ningún lado. No se puede meter la homosexualidad en el mismo saco que la pedofilia, el masoquismo y el sadismo. Ni siquiera creo que -una vez superada la idea de la función meramente reproductiva del cuerpo y el sexo- se pueda considerar la homosexualidad como un pecado, una enfermedad o un problema.
Porque estoy convencido de que lo que siente un hombre por otro hombre y una mujer por otra mujer es exactamente lo mismo que siente un hombre por una mujer y una mujer por un hombre. La misma pasión, la misma ternura, el mismo deseo, la misma fidelidad, la misma responsabilidad, la misma entrega, las mismas ilusiones,... el mismo amor.
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