Los versos de Nómar
Estoy leyendo estos días un libro de poesía de una de esas Promociones o Generaciones Poéticas ya antologadas y estudiadas sesuda y concienzudamente por los críticos literarios. Y apenas logro emocionarme; apenas algún verso, alguna estrofa, algún poema de estos monstruos ya de la poesía, de estos consagrados, con publicaciones, premios y distinciones importantes, logra decirme nada ni hacerme sentir nada.
Pero ayer, un conocido me dejó unos versos sin nombre, impresos en distintas letras, con alguna que otra falta de ortografía,... un puñado de folios sin numeración cosidos con una grapa en una esquina, con apenas dos docenas de poemas, en los cuales su autor o autora no ha querido o no ha creído importante poner su nombre. Y me embargaron de emoción. Rebosan autenticidad. Tienen fuerza. Los sentimientos están a la vista.Y llegan. Transmiten. Conmueven. Te dicen. Se entienden. Te invitan a compartir el dolor del autor-a. Te erotizan. Te hacen sufrir. Y gozar. Te despiertan compasión y solidaridad por la suerte que ha corrido ese corazón, esa alma enamorada y herida, esa persona. No es la primera vez que me sucede: leer a poetas consagrados o poemarios premiados y quedarme igual que estaba; o, al contrario, toparme con unos poemas sin publicar o con un librillo de poemas en “cualquier parte” -biblioteca, librería,...-, de título y autor desconocido, y quedar gratamente sorprendido y gratamente emocionado.
Aun admitiendo o partiendo de que el libro de los gustos está -en esto como en todo- en blanco, me van a perdonar los poetas y los críticos literarios si digo que la poesía que se ha escrito en España en las últimas décadas se ha escrito más con el cerebro que con el corazón, y es hija o fruto del intelecto, de la metapoesía, de la cultura de sus autores más que de sus sentimientos o emociones. Al menos, la poesía que conocemos, que es la que se premia, la que se edita, la que se da a conocer a través de los medios. Es más, casi me atrevería a afirmar que la publicación y el éxito de esa poesía tiene que ver más con amistades y círculos literarios que con su calidad artística. Y cuando hablo de “calidad”, me estoy refiriendo a autenticidad, verdad, claridad, transmisión de sentimientos y emociones al lector, comunicación y comunión con él.
Julia Uceda, poetisa sevillana, pone un dedo en la llaga cuando dice que “es importante matizar un aspecto: lo que no es comprensible no tiene por qué ser necesariamente profundo; creer lo contrario es un error muy habitual.” Por su parte, Jesús Beades afirma que “un poema no puede ser un jeroglífico; hay textos que son tan oscuros que se convierten en herméticos.” Y Manuel Moya enciende con sus palabras todas las alarmas posibles y nos arroja a la cara una verdad terrible: “Que la poesía no interesa a casi nadie es un hecho que no vale la pena discutir. La lírica es un género enfermo, que trata con desesperación de encontrar una razón u otra de ser. La poesía, ya está dicho, interesa casi nada.”
Me quedo con “Los versos de Nómar.”
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