Muertes amargas, barcos de papel
Si alguna vez han hecho ustedes un barquito con la cáscara de media nuez, un palillo de dientes, unas gotas de cera derretida y un diminuto triángulo de papel, habrán podido constatar que flota e incluso navega coquetamente dentro del lavabo o la bañera si se le sopla levemente; pero si el soplo o el caer del agua del grifo levanta la más mínima no ya ola sino tan sólo onda, el barquito va a pique sin remisión.
Eso mismo me parecen los barcos de los pescadores españoles: frágiles barquitos de juguete construidos artesanalmente con cuatro tablas y un poco de brea que el mar se traga al más mínimo oleaje o arroja contra los acantilados cuando se cansa de jugar con ellos.
Sin embargo, qué diferencia con la flota de guerra. Submarinos, portaviones, buques, dragaminas, corbetas,... desde la más pequeña a la más grande embarcación de guerra es una perfecta y sofisticada máquina que sólo se puede hundir “a misilazos” -perdonen la expresión- o con la cual sólo se puede acabar jubilándola forzosamente para el desguace una vez desfasada.
Y la misma comparación se podría hacer entre los sistemas de detección y salvamento de barcos de pesca desaparecidos o accidentados y los modernos sistemas -informatización, rayos infrarrojos, satélites...- políticomilitares para vigilancia de espacios aéreos, detección de movimientos de tropas, descubrimiento-destrucción de arsenales armamentísticos, realización de bloqueos marítimos, comunicación de órdenes o partes de guerra, exploración y colonización de planetas, etc, etc.
Preciso es afirmar que, a pesar de la caída de los regímenes comunistas y del revés que viene sufriendo últimamente la teoría de la lucha de clases, las clases sociales siguen existiendo. Porque ni los pescadores son los dueños de los barcos ni son los que más se benefician del comercio de lo que pescan. También la clase política parece pertenecer a la clase privilegiada porque, mientras nuestras costas se pueblan de mujeres enlutadas que otean angustiadas el horizonte, dicha clase política vive de espaldas al mar y sus problemas.
No descubro nada nuevo si digo que el mundo está mal hecho. Ya lo dijeron otros muchos con mayor o menor éxito. (El buen Sancho diría que “la cuerda siempre se rompe por lo más débil”.) Porque es ésta de los naufragios y la muerte de pescadores continuamente una situación para llorar que llena de tristeza, de ira, de dolor y de impotencia. Pero no sólo es para llorar. También para protestar y exigir responsabilidades y soluciones.
Y que nos dejen los cronistas oficiales de héroes, conmemoraciones y gestas legendarias de sus historias oficiales. Jugarse la vida a diario en un profundo desierto de agua para que todos dispongamos en cualquier momento de pescado en nuestras casas o mercados, volver al mar en un cascarón de nuez a ganarse el pan después de haber visto hundirse entre las aguas a familiares y amigos, después de haber sobrevivido agarrado a un tablón días y noches o haber sido lanzado como un pelele contra las rocas de la costa, eso sí es heroísmo y gesta.
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