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Religiones: ceremonias para la confusión

        Proliferan últimamente los actos y las noticias relacionadas con las sectas religiosas y las ceremonias satánicas: asalto a cementerios, exorcismos con tortura y muerte, violentas ceremonias de expulsión de espíritus malignos... Las últimas noticias se han referido a la mujer de Granada y a los niños de Almería. La televisión ha ofrecido unas imágenes realmente espeluznantes sobre este último caso. Y, en esta ocasión, sí se puede aplicar con total convencimiento aquello de que una imagen vale más que mil palabras.
        Constantes en estos sucesos son la presencia de personas de etnia gitana y de jóvenes. En los dos casos citados, jóvenes del sexo femenino en su totalidad. Es decir, de un lado, la ignorancia y, de otro –íntimamente ligado al anterior-, la idea del demonio asociada a la mujer y al sexo.
        Aunque se podría decir que, como se asegura en el caso del amor, tampoco para la ignorancia hay edades ni fronteras, pienso que lo más llamativo de todo esto es, precisamente, la participación de jóvenes en estas sórdidas historias: muchachas de entre 18 y 22 años torturando a una prima suya hasta el coma y la muerte; preciosas niñas y adolescentes arrojando espuma por la boca, chillando, golpeándose convulsivamente contra el suelo de una nave destartalada... Jóvenes, en fin, que no han conocido directamente el oscurantismo político, social y religioso de tiempos pasados. Jóvenes que nacieron y crecen ya en una España no ideal pero sí diferente.
        Las autoridades correspondientes se apresuran a decir que en modo alguno pueden intervenir porque las leyes españolas permiten la libertad religiosa y de culto y porque estos niños menores de edad tienen la debida autorización de sus padres para someterse a estas ceremonias y exorcismos lo cual, según desde donde se mire, puede interpretarse como un lavado de manos en este asunto.
        Y no es que uno desee un Estado omnipresente y omnipotente. La Constitución fue redactada, votada y aprobada por los españoles. Pero, ¿no se podría investigar o intervenir mínimamente en el cáracter y funcionamiento –“vida y milagros”- de estas sectas y cultos? Investigar, por ejemplo, qué se les da a tomar a estos jóvenes para llegar a ese estado físico y psíquico; investigar si tiene secuelas; investigar dónde termina un derecho –la libertad religiosa- y dónde comienza un delito –la corrupción de menores-,...
        ¿No puede el Estado hacer un esfuerzo con todos los medios a su alcance para sustraer a estos jóvenes de influjos salvajes y medievales? No hay espíritus más malignos que los que acosan o poseen a estas gentes: los de la miseria y la ignorancia.
        Cierto que hay que garantizar la libertad. Pero, cuando en España se luchaba por la libertad, es más, siempre que se lucha por la libertad, se lucha por el hombre y por la razón. Debemos, pues, caminar hacia una filosofía antropocéntrica, no teocéntrica.
        Si es necesario, el Estado debe matizar y acotar la libertad religiosa. Al igual que, tras estos primeros años de democracia, ha regulado o está en vías de regular otros derechos y libertades.

 

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