Van Gogh o la locura
Más de seis mil millones de pesetas. Exactamente 53,9 millones de dólares. Unos veinticuatro mil millones de reales castellanos. Un lenguaje que, probablemente, Vincent Van Gogh no entendería. O, quizás, lo empujase un poco más al desatino, a la sinrazón.
Un nuevo récord que se produjo, cómo no, en Estados Unidos, en la casa Sotheby’s, de Nueva York. En la subasta en la que aproximadamente un millar de personas prorrumpieron en aplausos cuando la puja sobrepasó el anterior récord, los 39’9 millones de dólares pagados por otro lienzo del pintor holandés.
Vincent Van Gogh, por si alguien no se ha enterado aún, se suicidó en un asilo francés. Jamás había vendido un cuadro, excepto uno que le compró su hermano para “echarle una mano”.
Estamos ante un nuevo caso que muestra de la manera más descarnada la crueldad y las miserias del mundo del Arte. De un lado, el artista; que se entrega al placer y el sufrimiento de la creación; el creador que muere loco, pobre, exiliado, encarcelado, abandonado, olvidado, enfermo o hambriento; que no es valorado, animado, estimulado o protegido en ningún momento por las instancias oficiales ni por la sociedad.
De otro lado, los traficantes de arte, los negociantes con obras y vidas ajenas; a los que no les interesa en absoluto ni los autores ni sus circunstancias; que viven de la carne y de la sangre de los creadores y miden el mundo con el metro de la moneda en boga.
La historia, pasada y presente, está llena de casos de hombres que han legado a la comunidad y al mundo lo mejor de sí mismos. Fueron, son, generalmente, hombres inadaptados, porque renunciaron voluntaria u obligatoriamente a vivir al modo imperante. Luego, tras una existencia febril, más o menos corta, nos dejaron. En muchos casos, como digo, murieron pobres, olvidados, enfermos...
Y la historia, también presente y pasada, está asimismo llena de este otro tipo de gente. No les interesa el Arte. Sólo les interesa ser los primeros en todo, comprar lo más caro, vender más caro aún, tener lo “mejor”...
Ellos son, además, los que dicen qué es lo bueno, qué es lo más cómodo, qué es lo que está de moda, qué debe darse a la imprenta, cuál es la vanguardia, cuáles son los caminos que debemos caminar y los zapatos que debemos calzar.
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